martes, 10 de junio de 2008

CINE ARGENTINO: DESDE 1960 HASTA LA ACTUALIDAD

CINE ARGENTINO: UNA BREVE HISTORIA, CON ENFASIS EN 1960 HASTA LA ACTUALIDAD

Antecedentes


En América Latina es Argentina junto con México los dos países latinoamericanos con mayor tradición cinematográfica.

La industria argentina se remonta a 1915, año en que se realizó “Nobleza gaucha”, de Humberto Cairo, el mayor éxito del cine mudo argentino. En 1917 debuta en el cine Carlos Gardel con “Flor de durazno”. En la década de 1930 se construyen los estudios Liminton y Argentina Sono Film. Proliferan las películas con temas de tango, como “Los muchachos de antes no usaban gomina”, de Manuel Romero, que ganan el mercado latinoamericano. En 1942 se alcanza la mayor producción de películas, con un total de 57 títulos.







Sin embargo, en estos años se hace evidente el boicoteo de Estados Unidos (por simpatías del Gobierno argentino con las potencias del eje) con la escasez de película virgen, por lo que la industria cinematográfica argentina pierde el mercado latinoamericano en beneficio de las producciones mexicanas; pese a que el gobierno de la Argentina promulga un decreto de exhibición obligatoria de películas nacionales, la crisis continúa y se agrava con las intensas guerras entre las principales productoras del país. A finales de la década de 1940 se cierran varios estudios, y a partir de entonces, el cine argentino recibe subvenciones, pero la pérdida de los mercados exteriores va ha pesar todavía más.

Periodo mudo


El 28 de septiembre de 1896 (un año después de la primera exhibición en París del cinematógrafo de los hermanos Lumière), las clases acomodadas argentinas pudieron disfrutar de la primera proyección del nuevo invento; un año más tarde se realizó la primera cinta nacional La bandera argentina (1897), un documental patriótico rodado por un francés, Eugène Py.

Tras unos inicios dominados por el documental y el cortometraje, otro extranjero, el italiano Mario Gallo, rodó la primera película con hilo argumental, también de corte histórico-patriótico, “El fusilamiento de Dorrego”, en 1907. Hay que esperar hasta 1915 para encontrar la primera película netamente argentina con alguna repercusión: “Nobleza gaucha”, de Humberto Cairo, ya en la línea sentimental y costumbrista que reaparecerá en varios momentos del futuro de la industria.

Otro inmigrante italiano, Federico Valle, hizo el primer largometraje de dibujos animados en 1916, El apóstol, una sátira política; la primera película argentina con muñecos, Una noche de galán en el Colón, en 1919; y poco después, en 1920, el primer noticiario cinematográfico argentino: Film Revista Valle.

Por aquel entonces, José A. Ferreyra utilizaba con éxito los temas de las letras del tango: el mundo del arrabal, las historias de amoríos, engaños y desengaños, entre otros, pero aún dentro de la dispersión industrial del periodo mudo.

Cine sonoro

Con la llegada del cine sonoro surgió entre el público la exigencia de escuchar su propio acento (y no el del castellano al uso en las películas realizadas en Hollywood o en París). En estrecha relación con esta demanda, la producción argentina de aquella época se iba a ver marcada por el auge del tango, en aquel momento la música popular de mayor impacto mundial, que se asumía como algo propio incluso en países tan distantes como la antigua Unión Soviética o Finlandia, y que daría lugar a producciones estadounidenses alrededor del cantante argentino Carlos Gardel.



Bajo este influjo se rodó en 1933 el primer filme sonoro argentino, Tango, de Luis Moglia Barth, protagonizado por la diva de la canción Libertad Lamarque. A este éxito siguió ese mismo año el de Los tres berretines, de Enrique T. Susini, y poco después, más desde el campo de la revista musical, Noches de Buenos Aires (1935), de Manuel Romero, o Puerto Nuevo (1936), de Luis César Amadori.


Por aquel entonces surgió también una generación de nuevos realizadores que floreció antes de la II Guerra Mundial, más orientada hacia un cine de género con aspiraciones artísticas, en la que destacaban Leopoldo Torre-Ríos (La vuelta al nido, 1938), el también actor Mario Soffici (que había empezado con El alma del bandoneón, 1935, de nuevo con Libertad Lamarque, pero más tarde hizo las más serias Viento norte, 1937, y Prisioneros de la tierra, 1939, precursora el cine social argentino), y sobre todo, Luis Saslavsky (Crimen a las tres, 1935; La fuga, 1937; Puerta cerrada, 1939; La casa del recuerdo, 1940), el cineasta del periodo con más aspiraciones intelectuales.
A este hecho se vino a unir el golpe de Estado de 1943, que favoreció el aumento del número de películas en detrimento de su calidad y que aplicó una fuerte censura. No obstante, destacan en este periodo “Tres hombres del río” (1943), de Mario Soffici; “La dama duende” (1945), de Luis Saslavsky; “A sangre fría” (1947) y “La vendedora de fantasía” (1950), de Tynaire, ambas interpretadas por el actor Alberto Closas, quien luego continuó su carrera en España y sobre todo Lucas Demare, que dirigió “Su mejor alumno” (1944), “Pampa bárbara” (1945), una especie de western criollo, y “Los isleros” (1951).

Lucas Demare


LOS 50´S

Durante el período del primer gobierno peronista (1945-55) la industria se vio favorecida por la subvención que éste le otorgó, por lo cual buena parte de su producción estuvo orientada a satisfacer esta línea política; no obstante, es importante remarcar la importancia de algunos realizadores que buscaron producir un cine que identificara las realidades que se atravesaban en el país. Las influencias provenientes del neorrealismo dejaron su marca; basta mencionar a directores como Lucas Demare (1910-1981) que con su obra “Los isleños” (1951) busca pintar con acentuado realismo una situación de pobreza y marginación. Lo mismo se podría decir de Hugo del Carril (1912-1989), un cineasta con una marcada sensibilidad social, que ahonda en esa situación a la vez que eleva su reclamo por una vida más humana en “Las aguas bajan turbias” (1951). Tampoco puede olvidarse una figura como la de Mario Soficci (1900-1977), quien en buena parte de las 40 películas que dirigió y en algunas de ellas actuó mostró una particular sensibilidad para indagar en nuevas experiencias narrativas cinematográficas tal como en su llamativa “Rosaura a las diez” (1957).



Los 50’s son también los tiempos de cine de autor, donde se destaca la obra un director que logró una significativa repercusión internacional, Leopoldo Torre Nilsson (1924-1978), considerado por muchos como el ‘padre de la generación del ’60’. Dos de sus primeros filmes recogen la obra de dos destacados autores nacionales. Primero, El crimen de Oribe (1949) que realiza junto con su padre, basado en ‘El perjurio de la nieve’ de Adolfo Bioy Casares y, luego, Días de Odio (1953), a partir de un cuento de Jorge L. Borges. Pero quizás su obra más reconocida sea La Casa del ángel (1956) no solo por su repercusión internacional sino también por su impacto en las generaciones posteriores.



Después, con la caída del peronismo en 1955, se produjeron una serie de películas de crítica abierta a este régimen, comenzando con la de Lucas Demare Después del silencio (1956). Durante este periodo aparecieron dos jóvenes realizadores: Leopoldo Torre Nilsson, hasta el momento el cineasta argentino de mayor prestigio internacional, que hizo La casa del ángel (1957), Fin de fiesta (1960), La mano en la trampa (1961) y Martín Fierro (1968); y Fernando Ayala, que dirigió Ayer fue primavera (1954), Los tallos amargos (1956) y El jefe (1958).


LOS 60´S

Los 60´s fueron la década en la que apareció el nuevo cine argentino, con películas como “Alias Fardelito” (1961), de Lautaro Murúa; el gran cineasta argentino Torre Nilsson realiza una nueva versión de “Martín Fierro” en 1968. En la década de 1970 hay un leve repunte de la industria argentina del cine encarnada por producciones independientes y con temáticas distintas a las tradicionales de tangos y gauchos, como “La fidelidad” (1970), de Juan José Jusid, con el actor Héctor Alterio, que después ha trabajado en el cine español; “La Patagonia rebelde” (1974), de Héctor Olivera; “La Raulito” (1975), de Lautaro Murúa; “La parte del león” (1978), de Adolfo Aristarain, que dirigiría también “Tiempo de revancha” (1981), con el actor Federico Luppi; “Momentos” (1980), de María Luisa Bemberg, y “El arreglo” (1983), de Fernando Ayala.

Las relaciones entre la literatura y el cine están muy marcadas en la década del 1960. Basta mencionar solamente a Manuel Antín, creador en los últimos a quien se le atribuye haber abierto un espacio para la capacitación y la experimentación de este ‘nuevo cine argentino’. Para Antín no hay cine sin literatura, y lo mostró en su fascinación por la obra del escritor Julio Cortazar, que plasmó desde su primer largometraje, La cifra impar (1961) que es una adaptación del cuento ‘Cartas de mamá’. A éste, después, le seguirían Circe (1963) e Intimidad de los parques (1964).

La década del ´60 se caracteriza también por el surgimiento de jóvenes cineastas que se concentran en los recursos propios del lenguaje cinematográfico. Algunos buscan indagar sobre la vida en la ciudad, como David José Kohon (1929-2004) en Prisionero de una noche (1960) y en Tres veces Ana (1961). Otros en los temas sociales como Lautaro Murua (1926-95) con su Shunko (1960) y Alias Gardelito (1961). Es muy importante mencionar la línea documentalista marcada por Fernando Birri (1925), creador de la primera escuela de cine documental del continente con su conocida obra Los Inundados (1962).

Los repetidos golpes militares al abortar toda salida democrática hicieron su impacto en las expresiones cinematográficas. La censura junto con la imposición de ciertos criterios temáticos tornó a muchas realizaciones en intentos limitados y provisorios al estar carentes de apoyo económico. Otras tuvieron que usar un lenguaje hermético o se convirtieron en clandestinas. Una de esas expresiones emblemáticas es la obra La Hora de los Hornos ( 1968) de Fernando ‘Pino’ Solanas (1936) y Octavio Getino que por mucho tiempo circuló entre las sombras en sindicatos, grupos comunitarios o barriales. Durante la década del ’60 y ’70 se desarrollo el llamado ‘cine político argentino’, que había comenzado con Fernando Birri con un corto llamado Tire Die (1959) que él llamo “la primera encuesta filmada”.


Cine después de 1980


Este periodo de crisis se remontó, no obstante, con una serie de interesantes realizaciones que trataban de una u otra forma temas políticos, como Tiempo de revancha (1981) y Los últimos días de la víctima (1982), de Aristarain, protagonizadas por obreros que cuestionan su compromiso político; Asesinato en el senado de la nación (1984), de Juan José Jusid, de corte histórico; La historia oficial (1985), de Luis Puenzo (Oscar a la mejor película de habla no inglesa); y No habrá más penas ni olvidos (1983), de Héctor Oliveira (Oso de Plata en el Festival de Berlín), que tratan directamente las trágicas consecuencias de la dictadura militar.


Dentro de esta corriente el tema del exilio aparece también en Tango, el exilio de Gardel (1985), de Fernando Solanas, que obtuvo el César a la mejor banda sonora original escrita por Ástor Piazzola, y se perciben tintes feministas en la obra de María Luisa Bemberg, realizadora más comercial y prolífica, que en sus retratos de la alta burguesía argentina, como Miss Mary (1986), trata también de adscribirse al análisis político vigente.

Este brillante periodo, durante el que se realizaron películas como La deuda interna (1988) de Pereira, alcanzó un promedio anual de producción de más de 30 películas. Su esplendor se vio truncado por el crecimiento de la inflación y la crisis económica de 1989, que hizo descender el número de rodajes y provocó que algunos de los mejores realizadores, como Aristarain, se instalaran fuera del país. En su caso se trasladó a España, donde rodó Un lugar en el mundo (1992), premio Goya de la Academia de Cinematografía Española en 1993, y, ya como producción totalmente española La ley de la frontera (1995). Algunos años más tarde rodó con Federico Luppi Martín (Hache) (1997), un gran éxito de alcance internacional; en 2002 estrenó Lugares comunes, y en 2004, Roma.

Luego de un periodo de cierto estancamiento, en los últimos años el cine argentino ha experimentado un renacer con autores como Eliseo Subiela, con el filme “No te mueras sin decirme a dónde vas” (1995). En general llama la atención en estos últimos años la recepción y el reconocimiento, así como las expectativas que han creado los jóvenes cineastas argentinos, teniendo en cuenta que provienen de una cinematografía que mayormente ha estado ausente del interés internacional.

En los últimos años los festivales internacionales han sido un estímulo muy significativo para dicho reconocimiento, logrando importantes premios en los más diversos festivales.

Para describir el cine argentino actual debemos visualizar las diferentes expresiones que han estado y están presentes, y el contexto (económico, social) en el que se han producido como la debacle económica “el corralito”, y al hacerlo debemos convenir que no corresponde hablar de un ‘nuevo cine argentino’, en el sentido de una nueva corriente en sí, que marcó a una generación e imprimió un sello particular a sus filmes; ya que muchos de los jóvenes directores argentinos no se sienten pertenecientes a ninguna tendencia o movimiento. No obstante, reconocen que las oportunidades que han tenido para su capacitación y para el ejercicio de sus dones han sido de enorme ayuda, gracias a lo cual, hoy en día están entre cuarenta a cincuenta producciones anuales las cuales reflejan una variedad de proyectos con gran potencialidad, aunque muchos de ellos solo logran resultados precarios.

Como las principales referencias del nuevo cine argentino podemos mencionar a obras como Pizza de Adrián Caetano (1969) esta película es considerada como la piedra fundamental de este nuevo cine argentino. Relata la historia de un grupo de jóvenes que viven en la marginalidad en el seno de una gran ciudad como es Buenos Aires. Viven en una casa tomada, están desempleados y roban para lograr su sustento. Además de Bolivia (2001) del mismo director; Mundo Grúa (1999) de Pablo Trapero en la cual refleja el difícil proceso que atravesaba Argentina en ese momento, cuando proyectaba una imagen de bienestar y progreso mientras se aproximaba una hecatombe económica de fuertes repercusiones sociales. Parte de la sencilla historia de un hombre que busca empleo y es recomendado para manejar una grúa, una tarea que deberá aprender, El Bonaerense (2002); La Ciénaga (1999), La niña santa (2004) de Lucrecia Martel; La película de Rey (1986) de Carlos Sorín (en filme intenta reflejar la incertidumbre de un pueblo que debe enfrentar las enormes dificultades para iniciar un nuevo camino).



CONCLUSIONES.


La Argentina es un país representativo de América Latina, en cuanto a la producción cinematográfica, cuna de famosos directores com Leopoldo Torre Nilson, Eliseo Subiela y Manuel Antín, y actores como Libertad Lamarque, Carlos Gardel, entre otros; y grandes películas que han sido nominadas y ganadoras del Oscar.

En general el cine Argentino siempre ha respondido a los contextos sociales de la Argentina, y a nuestro parecer no han podido desarrollar un estilo propio y definido ya que siempre han estrado luchando para ser reconocidos por el cine internacional. Sin embargo hay aspectos muy rescatables como la influencia de la literatura en el cine argentino, la producción político-social y las primeras épocas de gauchos y tango.

BIBLOGRAFÍA:

◊Carlos A. Valle, artículo publicado por Interfilm (2002).
◊http://www.wacc.org.uk/wacc/publications/media_development/2005_1/nuevo_cine_argentino_con_historia
◊http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_761567568_8/Historia_del_cine.html
◊http://www.cinenacional.com/personas/index.php?persona=3896














1 comentario:

Juan Martínez Borrero dijo...

Muy interesante el blog y bien desarrollado, a excepción de los links que no funcionan por el origen de la información. Será interesante desarrollarlo más a futuro. Cordialmente,

Juan